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lunes, 22 de junio de 2009

«Un ateo blasfemo»

El perdón del Papa
Cuando, en 1859, Charles Darwin acuñó el evolucionismo, la Iglesia puso el grito en el cielo y tachó su teoría de «quimera de un ateo blasfemo». El evolucionismo fue tajantemente rechazado por la Iglesia hasta el pontificado de Pío XII, el primer Papa que dejó entrever la posibilidad de que no fuese absolutamente incompatible con la fe. Pero la rehabilitación del darwinismo tardó en llegar.
El Pontífice que tuvo el arrojo de pedir perdón y rehabilitar a Darwin fue Juan Pablo II, el Papa perdonador. El 24 de octubre de 1996 Wojtyla reconocía públicamente que el evolucionismo «es ya más que una sola hipótesis». Todavía entonces, algunos fundamentalistas católicos se escandalizaron. Y es que, durante muchos siglos, la Iglesia había sostenido y explicado el origen del Universo y de la especie humana ateniéndose literalmente al relato bíblico del Génesis, en el que Dios crea el mundo en siete días y al hombre del barro de la tierra.
Aunque también es cierto que, en el último cuarto del siglo XIX, un colectivo de clérigos y científicos católicos había apostado por conciliar el evolucionismo con la fe. Era el darwinismo católico. Con eximios representantes también en España, como el sacerdote Juan González de Arintero (1860-1928) o el cardenal Primado de Toledo, Ceferino González y Díaz Tuñón (1831-1894).
Estos y otros importantes eclesiásticos del evolucionismo cristiano tuvieron que hacer frente a las duras críticas de sus adversarios. Por ejemplo, la escritora Emilia Pardo Bazán, lanzaba, en 1877, una soflama contra ellos en la revista católica 'Ciencia Cristiana'. Pero los conciliadores se fueron imponiendo también en el seno de la Iglesia y esta tendencia alcanzó su culmen en la obra del jesuita francés Teilhard de Chardin. Y la consiguiente 'bendición' por parte de Roma.
De hecho, a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) y sobre todo de la explicitación del Papa Wojtyla, la fe cristiana no tiene dificultad en asumir el evolucionismo. Con una condición: que se admita una acción peculiar de Dios que determina el paso de lo que es animal o lo que es persona mediante la infusión del alma humana. Lo que en ningún caso puede admitir un cristiano es un evolucionismo puramente materialista, que no explique la diferencia esencial entre el hombre y los demás seres inferiores.


por JOSÉ MANUEL VIDAL

Darwin vs Dios


Charles Robert Darwin supo desde el principio que su Teoría de la Evolución iba a caer como una irreverente bomba sobre los dogmas establecidos de la fe cristiana. No es de extrañar, por lo tanto, que se pasara más de dos décadas dándole vueltas a lo que el filósofo Daniel Dennett bautizó como su «peligrosa idea», hasta que finalmente se atrevió a publicar 'El Origen de las Especies'.
Poco antes de que esta osada obra viera la luz, en una carta que escribió a su amigo Joseph Hooker, Darwin confesó que se sentía «como un hombre a punto de confesar un crimen». No era para menos. En la Inglaterra victoriana del siglo XIX, la idea de que todas las especies vivas —incluyendo el ser humano— no habían sido engendradas de un día para otro por la mano de Dios, sino que habían evolucionado durante millones de años mediante un proceso de selección natural, suponía una insolente blasfemia.
Para comprender hasta qué punto Darwin era perfectamente consciente de la polémica que sus ideas iban a desencadenar, hay que tener en cuenta su propia trayectoria personal e intelectual. Al fin y al cabo, en su juventud el 'padre de la evolución' estudió teología en la Universidad de Cambridge con la intención de convertirse en sacerdote de la Iglesia Anglicana, y no cuestionaba la validez de la Biblia como fuente sagrada para explicar el origen del mundo. Sin embargo, a lo largo de los años, y sobre todo tras la experiencia transformadora que vivió durante su aventura científica a bordo del Beagle, la fe de Darwin se fue erosionando ante el cúmulo de evidencias que contradecían todas las verdades supuestamente incuestionables del Libro del Génesis.
El creciente escepticismo del naturalista frente a la religión se convirtió en una dolorosa fuente de tensión con su devota esposa Emma, sobre todo desde que en 1849 dejó de ir a misa los domingos, y decidió dedicar el rato que su familia pasaba en la iglesia a pasear por el campo para seguir reflexionando sobre sus ideas. Dos años después, la muerte de su adorada hija Annie, como consecuencia de una tuberculosis que acabó con su vida a los 10 años, fue la puntilla que le hizo perder definitivamente la fe. Para Darwin, la crueldad y el sufrimiento de un mundo donde él había comprobado cómo algunas avispas se alimentaban de los cuerpos vivos de los gusanos en la dura lucha por la supervivencia, o donde morían niños inocentes como su queridísima Annie, no parecían compatibles con la existencia de un Dios omnipotente que se preocupara por sus criaturas. Sin embargo, a pesar de todo, Darwin nunca quiso definirse públicamente como ateo, y dejó escrito que «el agnosticismo es una descripción más correcta de mi postura».
Como era de esperar, la publicación de 'El Origen de las Especies' en 1859 desató un escándalo descomunal en la sociedad británica, y Darwin tuvo que sufrir la humillación de ver su inconfundible rostro barbudo caricaturizado sobre el cuerpo de un mono. Al mismo tiempo, las autoridades eclesiásticas de la Iglesia Anglicana denunciaron que la Teoría de la Evolución constituía la visión más degradante del ser humano jamás concebida, y alguno incluso llegó a compararle con la serpiente del Jardín del Edén, por intentar pervertir a la sociedad británica con sus «ideas perversas».
A Darwin toda esta polémica no debió sorprenderle demasiado, ya que conocía de primera mano, dentro de su propio hogar, los conflictos religiosos que podían provocar sus teorías. Lo que sin duda le hubiera chocado mucho más es descubrir que 150 años después, las llamas de esta controversia todavía no se han apagado en el mundo del siglo XXI.


por PABLO JÁUREGUI

miércoles, 20 de mayo de 2009

¿Nos comimos a todos los Neandertales?

Los antropólogos han vagado por el mundo – a menudo desconcertados- buscando pruebas que certifiquen el motivo de la desaparición total de los Neandertales. Buscan una explicación casi desde que se inventó la antropología. Se sabe que estos primos cercanos de los Homo Sapiens -que hoy atestan la Tierra- se extinguieron hace unos 30 mil años. Fue un suceso extraño ya que no eran radicalmente diferentes al hombre actual pero, por algún motivo, no lograron sobrevivir hasta nuestros días. Se han ensayado varias hipótesis para explicar este hecho, algunas de las cuales cuentan con el beneplácito de muchos expertos, pero ninguna de ellas termina de conformarlos a todos. Es por eso que se sigue trabajando para descubrir la verdad.
Sin embargo, Fernando Rozzi, un experto del Centre National de la Récherche Scientifique (París), cree que tiene la respuesta: no hay Neandertales entre nosotros porque nos los comimos a todos. El trabajo ha sido publicado en el Journal of Anthropological Sciences y –como era de esperar- ha levantado gran revuelo en la comunidad científica. Pero Rozzi parece tener pruebas irrefutables de que –hace 300 siglos- cenábamos Neandertales a la luz de la hoguera en nuestras confortables cavernas. Su conclusión se basa en las marcas se existen en una mandíbula de Neandertal encontrada en Les Rois, un sitio del suroeste de Francia. Los cortes que presenta este (¿apetitoso?) hueso coinciden al detalle con otros encontrados en osamentas de ciervos y demás animales que sirvieron de alimento a los seres humanos de esa época. “Ese Neandertal tuvo un final violento en manos de un antepasado nuestro, que luego se lo comió", dice Rozzi en su artículo.


El maxilar en cuestión, que ha obligado a modificar radicalmente el “libro de cocina” básico del Homo Sapiens, fue hallado durante excavaciones efectuadas hace bastante tiempo. Inicialmente se pensó que pertenecía a un humano, pero exámenes posteriores confirmaron que su dueño era Neandertal. “Durante años los expertos han tratado de ocultar las evidencias de canibalismo prehistórico, pero creo que tenemos que aceptar que tales practicas se llevaron a cabo”, dice Rozzi. Además, añadió que los dientes del maxilar podrían haber sido utilizados para hacer un collar: no solo nos los zampábamos, sino que además hacíamos artesanías con los restos.
La conclusión de Rozzi, a pesar de lo controvertida que resulta, tiene muchas probabilidades a su favor. Existen una gran cantidad de pruebas circunstanciales que abonan la idea de que los Neandertales fueron aniquilados por los seres humanos. Se sabe que las tribus de estos homínidos abundaban en la Europa de hace unos 300.000 años, y la gran mayoría se las ingenió para sobrevivir varias edades de hielo antes de desaparecer hace unos 30.000 años. Puede ser una coincidencia, pero esa es aproximadamente la fecha en que los seres humanos llegaron al continente, provenientes de África. Es posible (y solo posible) que el largo viaje nos haya abierto el apetito, y los Neandertales nos hayan servido de aperitivo.

Las teoría barajadas hasta hoy básicamente proponían que la razón por la que no existen Neandertales entre nosotros eran la escasez de alimento por la competencia que suponían los Homo Sapiens, o que murieron porque estaban peor adaptados que nosotros a los cambios climáticos. Y si bien todo eso probablemente sea cierto, ahora se le suma otra posible causa a su desaparición: sirvieron de alimento a nuestros antepasados.

Por: Ariel Palazzesi @ martes, 19 de mayo de 2009